jueves, 3 de diciembre de 2015

Zajdi Zajdi: Crónica de un viaje a Sarandë I

Nunca he escrito una entrada sobre un viaje, pero no puedo dejar de escribir sobre este. Ha cambiado mi vida y precisamente por ello he tardado tanto en hacerlo. Dudo que le haga justicia y muchas cosas quedarán en el tintero y en mi memoria, como parte indeleble de mis recuerdos.

El escritor Agim Mato, presidente de the Ionian Creators' Club, por mediación del también escritor Dashamir Malo, me invitó a la novena edición de «The Trireme of Ionian Poetry», evento poético organizado por the Ionian Creators' Club con la colaboración del Ayuntamiento de Sarandë, Albania, que se celebraría durante los días 25, 26 y 27 de Septiembre en Boungaville Bay Resort. No podía dejar de asistir, era un honor ser el primer poeta español en acudir al evento.

Me ofrecieron llevar a un acompañante pero decliné la oferta. Hay momentos en la vida que deben vivirse solos a pesar de que soy tímida e introvertida y los nervios me carcomían el estómago.

Llegó el día y el viaje fue una odisea digna de Homero. Autobús a Madrid, noche de vigilia en el aeropuerto, vuelo Madrid-Londres, escala de cuatro horas y vuelo Londres-Corfú. Llevaba mi kindle pero sólo leí el libro de un amigo, me gusta observar a la gente y los aeropuertos son lugares fascinantes para imaginar sus vidas.

Cuervo en el aeropuerto de Heathrow

Cuando el avión llegó a Corfú supe que algo iba mal; o me mentía mi orientación o volábamos en círculos sobre una espesa masa de nubarrones negros. Efectivamente, una tormenta azotaba la ciudad y no podíamos aterrizar. El piloto lo soltó como lo hacen los pilotos, engolando la voz y tan rápido que no entendí nada. El personal de los aviones viene a ser a la palabra hablada como los médicos a la palabra escrita. La pareja de ingleses que viajaba a mi lado me lo explicó despacito: aterrizaríamos en Macedonia; si la tormenta no cesaba, pasaríamos la noche allí. Un desastre, no por pasar otra noche sin dormir en un areopuerto, sino porque no me daría tiempo de coger el barco que me llevaría de Corfú a Albania a la mañana siguiente y perdería el billete.

Tras un viaje relámpago con el avión emulando la velocidad de la luz que me hizo suponer que no llevábamos suficiente combustible para tal contingencia, llegamos al aeropuerto de Macedonia. La batería de mi móvil se agotaba y apenas pude avisar a la persona que me esperaba en Corfú para llevarme al hotel. Por fortuna, tras pasar un par de horas de incertidumbre dentro del avión, el piloto decidió regresar.
 


Parece que va a llover...
 Era tardísimo y no tenía ni la más remota idea de cómo llegar al hotel andando. Algo que debió intuir el taxista, a pesar de que creí que colaba que no era mi primera vez en Corfú:12 euros, un atraco a mano armada. Me dejó en la misma puerta del Konstantinoupolis, un hotel de 1869 que seguía reflejando el paso de la historia a pesar de su reforma. Ideal, por lo menos para mí, que siento debilidad por los edificios antiguos y un tanto decrépitos.

Era la hora de las brujas, imposible cenar. Me alegré de haber sido previsora en el aeropuerto de Londres atiborrándome a galletas, chocolate y un pastel. Mi plan A era más frugal, pero tras descubrir in situ que el cambio euro/libra era abusivo, decidí comprar con mis recién cambiados 10 eurillos lo que más calorías tuviera. Aquello fue un chute de azúcar en vena. Ni un fresisuis, os lo aseguro.


Cuervos en el aeropuerto de Heathrow

Había descubierto a la llegada del hotel Konstantinoupolis un quiosco de prensa abierto a esas horas, así que bajé de nuevo, compré una lata de cerveza griega y subí a mi habitación. La bebí encaramada a la ventana observando los tejados de la ciudad hasta que la tormenta arreció de tal modo que tuve que cerrarla. 


Amanecer en Corfú desde la ventana del hotel