domingo, 22 de enero de 2012

Palabras

Una tarde, hace tiempo, fui con unos amigos a tomar unas cervezas. El bar casi lleno, así que nos pusimos apretados en un lado de la barra al lado de un hombre de unos cuarenta que estaba solo. Al cabo de un rato nos dimos cuenta de que ido al final de ella para dejarnos más espacio. Le miré varias veces para darle las gracias pero bebía su cerveza en silencio mirando al suelo así que no pude cruzar nuestras miradas. Cuando se marchó, guiada por un impulso, salí tras de él y en la puerta del bar le grité Hasta luego y gracias por habernos dejado el sitio.
Se giró y me miró sorprendido así que le sonreí repitiéndole el agradecimiento. Se acercó con los ojos rayados en lágrimas y me preguntó si podía darme un beso. Gracias, dijo, gente como tú, se tocó el pecho con la palma de la mano, gracias y se marchó emocionado...

Nos cedió el sitio en la barra del bar y fue él el que me dió las gracias...
Como dice Juan Cruz, nos morimos por una palabra.

Estas Navidades he pensado en él y en toda la gente que estaba sola. Gente que no tenía nadie con quien pasar las fiestas, ni siquiera un cuñado odioso con quien discutir tras un par de copas de vino en Nochebuena; gente que no ha recibido un mensaje de año nuevo;  gente que no ha  tenido que cambiar un regalo de compromiso horrendo porque nadie les ha regalado nada.

Ha pasado la Navidad y como siempre todos se han sumergido de nuevo en la vorágine de su día a día permitiendo que se ahogasen los buenos propósitos en ella. Me pregunto, como Juan Nadie en la película de Frank Kapra Meet John Doe,  por qué ese espíritu navideño no puede durar siempre. Y al igual que él, mantengo la esperanza de que un mundo mejor es posible si hacemos un esfuerzo por crearlo. Por lo menos esta noche mientras escribo esto quiero pensar que es así.

Si tú, que me estás leyendo, eres de los que mueren por una palabra decirte hoy que, en cierto modo, no estás solo. Hay muchos  Don Nadies como tú y yo con la boca llena de ellas.